¡No violencia!

Reflexiones acerca de la “No violencia”

Por Josué García

¿No violencia? Pero si la escucho, veo y siento en todas partes. ¿No violencia? Pero si la mayoría de actos en nuestra sociedad son violentos en todos sentidos. Desde que nacimos hemos recibido dosis de violencia que nos han desensibilizado incluso de nuestro propio ser.

Los múltiples sistemas e instituciones violentan al ser humano desde su nacimiento. No permiten el amplio desarrollo de sus capacidades. Cuántos hemos visto a un padre reprimiendo a un niño por correr, por gritar, por jugar, por ensuciarse incluso por preguntar, por ser niño; hablándole exasperadamente frente a muchas personas, gritándole o pegándole. De inicio los padres cambian el diálogo por la fuerza, por la superioridad. Claro, aunque en el discurso todos seamos iguales, eso no pasa ni en las familias. La violencia se nos presenta desde la infancia como un acto diario, cotidiano y normal que puede y “debe” ejercerse.

En la escuela nada cambia, desde la educación inicial hasta la superior, el sistema busca siempre la limitación del individuo, niega su múltiples capacidades y lo estandariza. Lo arrebata abruptamente de su naturaleza en todos sentidos. Su sentido de colectividad lo transforma a individualismo al fomentar eternamente la competencia. Anula al individuo al convertirlo un número, incluso midiendo la calidad de persona que se pudiera ser. Lo tecnifica y lo anula como desarrollador de conocimiento. Se niega su creatividad en vez de desarrollarla.

El niño está siendo violentado y observando violencia por todas partes. Lo violentan los ideales materiales que impone el sistema, nulificando el conocimiento de su propia existencia. Es violentado en la forma en que se le muestra la nutrición y se prohíbe el pleno funcionamiento de su organismo. Se le enseña que pensar y se le encierra entre cemento, vive entre paredes, pisa concreto. Pierde contacto con lo natural, incluso se niega a recibir sol, lluvia o agua. Pierde el respeto por lo natural, por su esencia. Se le encierra en instituciones establecidas como la familia, la escuela y la religión. Sistemas que lo van negando y disminuyendo como ser multidesarrollado, a sólo un instrumento nulo.

Sí. No toda la violencia es sangre y balas, explosiones, vísceras, muertos, golpes o gritos. El quitar el pan de la boca a millones de personas, es uno de los actos más violentos que ha tenido el ser humano. Matar personas de hambre. Pero qué importa si tirar la comida no es violento, ¿verdad?, mucho menos desperdiciar agua. Se violenta contra todo, contra el mundo, los humanos, los animales, contra lo natural y la naturaleza propia del individuo. Se prioriza la doble moral, las personas se indignan y movilizan “conscientemente” contra o a favor de una causa que creen “justa”, justa acorde a los parámetros de bienestar y convivencia que le han sido impuestos.

Un sistema en el que se glorifican los “valores” en el discurso, pero que se pisotean a diario para el desarrollo del mismo, triunfando éste sobre los individuos. ¿Cómo podemos esperar sensibilidad de una sociedad que ha olvidado su esencia? Hemos olvidado los sentidos verdaderos de la vida y convivencia, unión con la totalidad. Reciprocidad. Volver a saber que todos somos parte de esto y que funcionará sólo si cambiamos la forma de hacer las cosas, de mirarlas. Pues nada importará, cuando no haya ningún ser humano que sepa el valor de la vida sobre el precio que le han puesto.

¡Qué buena la violencia!

La violencia constructiva. Existen actos que son violentos y constituyen la base de un cambio, de un renacimiento. Desde el inicio mismo se ha creado a partir de una explosión, el big bang. La violencia que lo cambia todo. Contra la violencia que oprime el desarrollo de los individuos se debe buscar la violencia que lo contrarreste, la violencia creativa, innovadora. Pero el cambio debe ser desde su comienzo hasta el final violento, el espíritu de la disidencia debe caber en él. Debe llegar y romper con los paradigamas establecidos de forma abrupta como sólo sabría hacerlo, irrumpir para cambiar. Cambiar sin juzgar.

La violencia de ésta forma ha estado implícita en el desarrollo humano, siempre ha sido arma de construcción. Pero ésta violencia es más bien inocente, se presenta como una nueva idea. Cuando irumpe una idea con ésa fuerza rompe los paradigmas establecidos. La fuerza de la creatividad es la que puede ayudar, la que puede generar una lucha distinta. No una lucha con panfletos, marchas y más violencia. No la misma lucha que ha desgastado sus discursos y sus formas, que sin darse cuenta reproduce exactamente aquellas dinámicas que critica.

La violencia creativa no tiene que enfocarse por obviedad en legitimar el odio y aberración hacia las acciones que ejerce el sistema, debe alejarse de cualquier institución que luche por el control. La violencia creativa, debe buscar la conciencia de sí mismo y su entorno en el individuo, su empoderamiento y capacidad creativa para transformar su propia realidad y volverse agente de cambio, sujeto de la historia, su historia. La lucha tampoco es contra los sistemas, sino por la nula atención y necesidad del individuo hacia éstos, logrando así su máximo desarrollo y la obsolescencia de los otros. La propuesta está ahí y basta con atreverse a cambiar las formas, transformar los paradigmas y comenzar a vivir.

 

Categorías:Opinión, Violencia

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