Museo del Templo mayor: Una mirada al pasado

Víctor Edgardo Galván Vargas

Con el paso del tiempo las civilizaciones van dejando vestigios de su vida cotidiana y heredan a las siguientes generaciones su patrimonio material e inmaterial, otorgando identidad, arraigo y sentido de pertenencia. Nuestro país es uno de los más ricos del mundo en cuanto a su patrimonio cultural. Muestra de ello son las innumerables huellas de nuestro pasado prehispánico y virreinal que a cada paso podemos encontrar en todo el territorio nacional.

El Centro Histórico de la ciudad de México es prueba veraz de este pasado que nos alcanza con sólo mirarlo. A unos cuantos pasos de la Plaza de la Constitución, milenario corazón geopolítico de la nación, podemos encontrar el museo de sito del Templo Mayor, que fue construido después de un fortuito y “luminoso” hallazgo de un monolito llamado la Coyolxauhqui, por parte de la hoy desaparecida Compañía de Luz y Fuerza del Centro, el 21 de febrero de 1978.
A partir de ese momento el centro de la ciudad cambiaría su faz, y traería al presente el glorioso pasado prehispánico de los mexicas, mostrando en la actualidad a nacionales y extranjeros, una colección de más de catorce mil piezas que fueron recuperadas desde 1978 hasta 1982. Además de esa basta colección, la recuperación de la zona arqueológica que da nombre al museo: El Templo Mayor.
Concluida su construcción a mediados de octubre de 1987, en la calle de Seminario número 8, en la delegación Cuauhtémoc de la ciudad de México, el Museo del Templo Mayor es uno de los recintos que alberga una colección muy importante del México prehispánico, y uno de los que mayor afluencia de visitantes tiene anualmente. De ahí que las siguientes líneas tengan por objetivo mostrar brevemente la riqueza cultural del pasado prehispánico Mexica que se encuentra en él.
Entrar al Museo, es viajar al pasado e ir conociendo los restos materiales de una de las culturas prehispánicas que terminaría su vida de una de las formas más violentas creadas por el hombre, la conquista militar. 
Estos restos de la cultura mexica, monolitos, estelas, códices, figurillas, utensilios de la vida cotidiana, elementos ceremoniales, objetos musicales, ofrendas y hasta juguetes que se muestran en las nueve salas del Museo, fueron determinados por la concepción de la sociedad que los creó en cuanto a su entorno y sus parámetros artístico-religiosos.
Uno de los elementos que llaman la atención al entrar a su vestíbulo del museo, es la enorme maqueta de la ciudad de Mexico-Tenochtitlan, (misma que en menor escala, también podemos observar en la estación del metro Zócalo). En esta recreación del espacio social y urbano de la sociedad Mexica, podemos encontrar diferentes edificios como el Recinto de los Caballeros Águila, el templo de Ciuhacóatl, el templo a Quetzalcóatl, el templo del Sol y desde luego, el Templo Mayor, dedicado a Tláloc y a Huitzilopochtli. Entre otros, estos edificios constituyeron la gran ciudad fundada por Tenoch, allá por el año 1325, cuando según la leyenda, por indicaciones de Huitzilopochtli se observaría a un águila devorando a una serpiente parada sobre un nopal. 
A la par de la maqueta de la ciudad de Mexico-Tenochtitlán, se encuentra el Altar-Tzonplantli, estructura de piedra en la que se encuentran labrados 240 cráneos y que se encontraba al norte del templo mayor para indicar la entrada al mundo de los muertos, el Mictlán. Además del carácter religioso que contiene, el Altar-Tzonplantli hace visible el culto y la cercanía de la cultura mexica con la muerte que aun hoy, entre mesclada con las concepciones judeocristianas, es motivo de especial festividad cada mes de noviembre.
Después del siglo XVI, sobre estos edificios diseminados en todo lo que hoy es el centro histórico, se edificaría “la ciudad de los palacios,” dejando enterrada por más de 400 años a una civilización que hoy se muestra bajo las vitrinas del Museo. De este paso del tiempo, la sala 1, llamada de Antecedentes, da cuenta de las investigaciones, excavaciones y hallazgos que han ocurrido en la zona desde 1790, cuando se encontró la Piedra del Sol o Calendario Azteca, en la plancha del Zócalo, y los subsecuentes descubrimientos hasta llegar al siglo pasado con la aparición de la Coyolxauhqui que ya mencionamos. 
Pasando el vestíbulo, la distribución de las salas del museo persigue la lógica de la sociedad mexica, que de manera personal bien podemos dividir en tres grandes secciones: la economía, con dos salas, una dedicada a la Agricultura (sala 7), y otra a los Tributos y al Comercio, (sala 3). Tres salas que nos hablan del carácter religioso de la sociedad mexica, con una sala dedicada a los Rituales y a los Sacrificios (sala 2); una más que tiene como personaje principal a Huitzilopochtli (sala 4); y la última referida a Tláloc (sala 5). Igualmente se muestra una sala que nos da cuenta de la Flora y la Fauna (sala 6), ambas de vital importancias para la economía y la religiosidad mexica, y finalmente una sala llamada arqueología histórica o colonia. Por ultimo el recorrido al museo integra la visita a la zona arqueológica del Templo Mayor.
Tal y como lo muestran las salas dedicada a la Agricultura, y a los Tributos y al Comercio; la economía de los mexicas estaba basada en el pago de tributos que distintos pueblos hacían en favor del señorío  Mexico-Tenochtiltlan y el intercambio de mercancías. Hecho relevante es que la forma de intercambio de mercancías que realizaban nuestros antepasados en el mercado de Tlatelolco, aun hoy en día la llevamos acabo de una manera un tanto similar, en cada uno de los tianguis, o “mercados sobre ruedas” a lo largo de todo el país. 
En aquellos años en los que la moneda fiduciaria no se había inventado, el intercambio se realizaba a través del trueque, es decir, mediante el cambio de un producto por otro que de acuerdo a quienes los intercambiaban pudiesen tener un valor similar o equitativo. Una forma más avanzada que logró la compra-venta de productos fue la introducción de cacao como moneda de cambio. Gracias a él, las transacciones podían realizarse a través de establecer un “precio” en cacao. 
Por otro lado, el intercambio comercial y el pago de tributos, a través de su fuerza militar, se extendían hasta zonas tan alejadas del centro del país como son las costas tanto del Océano Pacifico como las del Golfo de México. De ahí que dentro de las salas podamos observar conchas, caracoles y otros objetos que provenían de aquellas regiones cercanas al mar. 
Pieza singular de estas salas es la del dios Xipe-Totec, el dios desollado. Fue elaborada de barro entre los años 500 y 800 a.C. y de tamaño natural. Este dios estuvo relacionado a las cosechas y a la agricultura. 
La religión fue un factor de suma trascendencia no sólo para la cultura mexica, sino para todo el México prehispánico. De ahí que sean, como hemos mencionado tres las salas, Rituales y a los Sacrificios Huitzilopochtli en la sala 4 y Tláloc en la sala 5, que contemplen esta característica esencial de los mexicas. Si bien en su  panteón de dioses existe cualquier número de ellos, todos o casi todos vinculados a procesos de la naturaleza, también es cierto que existían algunos que se encontraban en el centro de sus festividades, ritos, ceremonias, sacrificios y templos. Dos de ellos fueron Huitzilopochtli y Tláloc, ambos dioses importantes para los mitos fundacionales de la cultura mexica, y a quienes se dedicó el Templo Mayor. Sin embargo fue Huitzilopochtli, quien dirigió a los mexicas a encontrar, la señal prometida para erigir su ciudad: Un águila comiendo una serpiente posada sobre un nopal. 
De cierta forma, y usando mucha la imaginación, fue también Huitzilopochtli con su nacimiento, el “causante” de que la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, encontrara el monolito de su hermana la Coyolxauhqui y dar paso al descubrimiento de la zona arqueológica. La leyenda cuenta que hace muchos, muchos años, Coatlicue madre de Huitzilopochtli, se encontraba barriendo los templos de Tula (Tollan). En ese momento una borla de plumas de colibrí cayó del cielo y ella la tomó entre sus manos guardándola en su mandil. Al hacerlo, quedó embarazada de Huitzilopochtli. Sus hijos, Coyolxauhqui y los 400 surianos, se sintieron ofendidos y deshonrados al saber que su madre estaba en cinta. Coyolxauhqui azuzó a sus hermanos y pronto acordaron darles muerte a ella y al fruto de su embarazo. Cuando llegaron frente a Coatlicue dispuestos a quitarle la vida, un haz de luz les hizo retroceder, en ese momento Huitzilopochtli nació para defender a su madre y quitarle la vida a Coyolxauhqui y a sus hermanos. Coyolxauhqui quedó desmembrada mandándola hacia el cielo, sus hermanos los 400 surianos corrieron igualmente hacia el cielo, convirtiéndose en las estrellas y Coyolxauhqui en la luna. por eso, Huitzilopochtli asociado al sol, todas mañanas con sus resplandecer hace correr y desaparecer a la luna y las estrella, que huyen para no ser alcanzados por él. Fue la representación de Coyolxauhqui desmembrada por la furia de Huitzilopochtli, que hicieran los mexicas, la que se encontraba a los pies del templo mayor y la misma que la compañía de luz encontrara en 1978.
Esta tradición bélica y militar se hace presente en la vida cotidiana de los mexicas por eso una de las piezas que más llama la atención dentro de la sala 4, es la de una escultura de tamaño natural de un Guerrero Águila. Dentro del pico del águila se distingue el rostro de un joven, su cuerpo igualmente cubierto con la piel del águila, deja ver sobre sus brazos las plumas del ave y en sus piernas a la altura de sus pantorrillas emergen las garras del águila que le darán fuerza al guerrero. Elaborada de barro, el Guerrero Águila es la representación del poderío y presencia militar de los mexicas. 
Igualmente de tamaño natural y de barro, podemos observar a Mictlantecuhtli, el dios descarnado, el dueño del inframundo, el de la región de los Muertos. Esta escultura está representada por un hombre semi-descarnado que deja ver parte de su cráneo, sus costillas y el hígado que cuelga en medio de ellas. Las ofrendas que se hacían a Mictlantecuhtli y a su dualidad femenina Mictlacihuatl, podía darse de diversas maneras aunque en la mayoría de los casos implicaba un ofrecimiento de sangre.
Como se ha dicho, Tláloc fue una de las deidades más importantes de pueblo mexica, sus atributos fueron  relacionados con el agua. De él, los restos de un bracero ceremonial con sus formas nos es mostrado en la sala numero 5.  El agua como recurso natural vital para cualquier sociedad en el tiempo y el espacio tenía su pertenencia solo en Tlaloc. De ahí que la relación con su entorno fuera muy importante para los mexicas. Su integración con la flora y fauna, representada en la sala 6, simbolizaba el respeto y equilibrio de las fuerzas de la naturaleza en su quehacer cotidiano y el que no debía de quebrantarse, so pena de ser castigados con malas cosechas o catástrofes naturales. Aunado a lo anterior el entorno natural era de vital importancia para los mexicas, ya que de él extraían animales y plantas que serían utilizados para las ofrendas para sus dioses y que el orden natural siguiera su curso. 
Por último se encuentra el recorrido del la zona arqueológica de lo que antes de 1521 fuera el Templo Mayor que como se ha dicho estuvo dedicado a Tláloc y a Huitzilopochtli, con la dualidad de la vida y la muerte, el día y la noche, etc.   El templo fue construido en cuatro distintas etapas que se iniciaron antes de 1390 y que se recorren de la más moderna a la más antigua. Sobre la última etapa llevada a cabo entre los años 1480 y 1500 se pueden observar pisos de lajas de forma irregular así como pequeñas cabezas de serpientes que servían de elementos decorativos. Igualmente de esta etapa corresponde el multicitado monolito de la Coyolxauhqui que se encontraba justo al pie de la escalinata del templo de Huitzilopochtli, como remembranza de aquella batalla.
La etapa III, que seguramente fue construida entre 1420 y 1440 aprox. se puede distinguir porque al pie de la escalinata se presentan siete portaestandartes y algunas esculturas de hombres con tocados, a modo de dirigentes o sacerdotes. Estos en su momento debieron haber adornado el edificio, pero cuando se inició la etapa constructiva siguiente, debieron haber servido como material de relleno. La etapa II, es de suma importancia para entender y reconstruir l

os recintos que se ubicaban en la cúspide del Templo en cada una de las etapas posteriores a la II. Su construcción debió iniciarse por el año 1390 y todavía de él se pueden observar las escalinatas que conducían a los recintos en donde se aprecian pinturas alusivas a Tláloc y a Huitzilopochtli. Frente al templo del dios de la lluvia se encontraba un Chac Mool y fruente a Huitzilopochtli una piedra de sacrificios que dan cuenta de la importancia de las ofrendas ritos y sacrificios en la sociedad mexica. Previa a ésta debió estar la fase I del templo.

Igualmente durante el recorrido de la zona arqueológica se puede observar el recinto de los Guerreros Águila, presencia indudable del poderío militar dentro de la elite mexica. Una de las formas que más llama la atención de él, es una banqueta de aproximadamente 70 metros de longitud queda vuelta al salón y que se encuentra adornada con innumerables figuras de guerreros en procesión  y una cenefa con el cuerpo ondulante de una serpiente. 
Para finalizar el recorrido se puede observar la representación del Tzonplantli de piedra que hoy se encuentra en el vestíbulo del museo y que en su momento, igualmente representó las cabezas de aquellos prisioneros de guerra que perdían la vida frente a los guerreros mexicas.
Recorrer las salas y la zona arqueológica, es una experiencia que por más letras que se lean, no alcanza a aquella de conocer y apreciar personalmente el patriomonio arqueológico con que cuenta el museo de ahí la invitación a conocer el pasado que nos rodea a cada paso.  Y aun cuando caminar entre ruinas y vestigios de épocas pasadas lo hacemos todos los días, muchas veces sin darnos cuenta, asistir al Museo del Templo Mayor es una excelente oportunidad para conocer de manera consiente y enriquecedora el pasado prehispánico que yace sobre el subsuelo de la capital del país, gracias a la recuperación que de ese mundo enterrado, se ha hecho rigurosamente desde 1978 a través del Museo del Templo Mayor, imaginar el rico mundo mexica con sus ritos, tributos, dioses y leyendas es posible.

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