Viernes de ocio en la alameda detalles, detalles

Jorge Cisneros.

La tarde del 26 de noviembre del año pasado llegó rodeado de gente, a la reinauguración de la alameda central, el entonces jefe de gobierno del distrito federal Marcelo Ebrard Casaubon, acompañado por su esposa y por el empresario y hombre más rico del mundo Carlos Slim. Situados en el reluciente hemiciclo a Juárez, Ebrard acompañado de Slim, encabezaron la ceremonia. “Se creará la figura de un responsable similar al que se tenía en la época virreinal conocido como el alamedero” dijo él, garantizaría que los ambulantes no regresarían y que los indigentes no pernoctarían en las inmediaciones. No se podría andar en bici y mucho menos tirar basura. La alameda central quedó totalmente restaurada.

En los días posteriores, la prensa nacional empezó a publicar notas como:

“Cae árbol en la alameda central” decía el título de la nota informativa del periódico El universal del 24 de diciembre del año pasado. El árbol había caído sobre el corredor que colinda con la avenida Juárez y ninguna persona había resultado herida. El árbol caído, obstruyó el paso peatonal. Derivado del accidente, el gobierno del Distrito Federal mandó a que se comenzaran a hacer podas, trasplantes y plantaciones.
Tres días después, el mismo diario publicó otra nota: “Usan fuente de la alameda como balneario”. Los niños y jóvenes jugaban con las fuentes, se mojaban con los chorros de agua que el suelo escupía. ¿El “pretexto”? “es que hace calor” decía una mujer que llevaba a sus hijos a visitar el lugar. Ese mismo día, El Reforma publicó una nota también referente a la alameda “Protestan comerciantes de la Alameda”. Los que antes vendían protestaron en la plaza de la solidaridad, con pancartas y consignas le exigían, ese día,  al delegado de Cuauhtémoc, Alejandro Fernández, una reubicación. Y pasaron 3 meses…

Ahora, caminar  por el amplio andador de la Alameda Central, es sentir que existe un piso limpio bajo los zapatos. El suelo, que pasó de un blanco en su reinauguración  a un gris, de mármol colocado a manera de duelas, reflejaba perfecto la luz del sol de la tarde del viernes 23 de febrero. Las frescas y recién remodeladas fuentes seducían a los visitantes pues, con el clima tan caluroso, seguro que a más de uno se le antojaba, poder sentir una pequeña brisa de la fresca agua que escapaba a chorros de las fuentes, incluso muchos niños jugaban con ella, se mojaban cuando los hilos de agua salían de sorpresa disparados del suelo.
La gente paseaba por los andadores, la música de los organilleros sonaba como de costumbre en varios puntos de la alameda. “Gusta cooperar” pedía con el sombrero la mujer ayudante del organillero. Observaba las pulcras esculturas, el kiosco de mediados del siglo XIX, hasta llegar al hemiciclo a Juárez. Todo, todo renovado. El sistema de riego parecía eficiente, los jardines estaban siendo regados por las potentes mangueras instaladas en la tierra, las bancas, fuera de la circulación peatonal y los desniveles, con sus rampas de pendientes suaves apenas se percibían. Parecía una tarde amena, era una tarde amena, sin embargo, para ser el lugar perfecto para un viernes de ocio en la recién renovada alameda, hacían falta varios pequeños detalles…era notoria la ausencia de botes de basura.

En efecto, no patinetas, no bicicletas; decían los avisos que prohibían el uso de estos adentro del lugar. ¡Detalles¡… Caminando por los andadores, las personas podían toparse con una que dos bicis.

Cuidar la basura. ¡Detalles¡; esa tarde había escases de botes de basura. Los limpiadores, decían que trabajan por turnos y que la delegación los contrata, y es que aunque el lugar lucía muy limpio, el solo hecho de percatarse de la ausencia de botes, daba una sensación de miedo. Era  muy poca la basura que había tirada. Muy poquita en realidad. De pronto a la vista, en medio de uno de jardines, saltó a la atención de varios que pasaban, algo tirado. Echándose la pestañita en hora de trabajo estaba el jefe de la pipa de riego del lugar, estuvo casi  como una hora y despertó.
Se fue de allí.

Luego, pasó un grupo de personas vestidas de verde, midiendo árboles, “Quince; catorce” decía una chica de verde mientras algunos anotaban quien sabe qué cosa y otros tomaban fotos de los mismos. “Somos de la secretaría del medio ambiente” me dijo uno de ellos. “Estamos midiendo algunas especies de estos porque, derivado de la recién remodelación de la alameda, han habido detalles, hay árboles muertos que necesitan ser removidos”        
  
¡Detalles¡

Luego, sentado en una de las bancas, sintiendo la brisa de viento como un alivio, pasaba una chica hippie vendiendo pulseras. Ella dijo que se escondía de los “polis” porque ,ahora, estaba prohibido vender allí. “ya me han quitado mi mercancía, mis pulseritas… por eso ando así como escondiéndome” ¡Detalles¡. “Diez pesos” cobró, y vendió una del sus “pulseritas”.

El sol comenzaba a ocultarse, y la iluminación artificial del lugar empezaba a alumbrar los rincones de la alameda central. La gente seguía paseando por allí y, admirando las fuentes iluminadas, algunas se tomaban fotografías. Las parejas comenzaban a notarse, caminaban varias por allí, en esa tarde-noche de ocio. Bellas Artes también comenzó a prender sus luces. Gente se iba, se dirigían al metro, pero más gente, también, salía del metro para dar un paseo por allí, y si tal vez, no pretendían pasear en la alameda,  no se puede evitar apreciar el buen trabajo y la belleza del lugar, pues a fuerzas que miras de reojo el lugar y los DETALLES.

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